¡Rodarán cabezas (sin tocados)!

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María Antonieta, hija, ¡qué desperdicio de vida la tuya! Años y años consagrada a las pelucas, a los adornos, a los polvos faciales y al cuidado estético para terminar tus días en una fría celda de la Conciergerie de París, entre cuatro paredes chorreando humedad y terror. Con lo bien que te había ido con tu boda amañada, tus veladas en Versalles y tus “asuntos propios” por las esquinas de la Orangerie. Ay, si los tocados hablasen… Si los tocados hablasen –no quiero ni imaginarme la escena, puro surrealismo de Buñuel-, sin duda nos susurrarían más de una correría de esas damas de la alta, altísima sociedad del siglo XVIII que, de tanto aburrimiento, terminaron por divertirse más que ninguna.

Sí, María Antonieta, si los adornos del pelo tuvieran voz y voto, tú estarías condenada a arder en las llamas del fuego eterno. ¿O vas ahora a negar tres veces a tu adorado Axel de Fersen? No te esfuerces, no merece la pena intentarlo. Entre los libros de Historia, las teleseries y el peliculón de Sofia Coppola, estamos al corriente de todo lo que os traíais entre manos. Lo raro es que tu no tan adorado Luís no se diese cuenta de nada. Pobre cornudo… Y pensar que viviendo en una corte compuesta por damas que competían por lucir la peluca más grande él se llevaba la palma con el tamaño de tus astas. Puede que el tamaño no nos importe –o sí-, pero cuando hablamos del volumen de los cascos que se enfundaban las ricachonas en el siglo XVIII la cosa cambia. Nada de medias tintas, nada de decir que lo importante está en el interior. Los tocados de María Antonieta & co. eran ni más ni menos que un ranking de su alcurnia y distinción. Vamos, que ellas harían bueno lo de “peluca grande, ande o no ande”.

Qué frío debió de sentir la pobre reina aprendiz de ninfómana cuando le sacaron de encima el pelucón –que no peluquín- al llevarla presa. Seguro que sus cervicales respiraron por fin tranquilas. Por poco tiempo, eso sí. Y es que es lo que tiene que te decapiten: en menos de un abrir y cerrar de ojos te quedas sin tensiones en el cuello… para siempre. Eso es un tratamiento radical y no las “dietas detox”. Ella, que tantas veces había perdido la cabeza por un momento de pasión, se vio rebajada a la condición de doncella del pueblo. Sin tocados de plumas, sin cintas de perlas y piedras preciosas recorriendo su pelo, sin bucles y cardados que escondiesen sus secretos. Qué terrible condición la de esta Marge Simpson premoderna, abandonada por el pueblo y expuesta a la vergüenza de no llevar nada en su cabeza. Si los tocados hablasen, tendrían que saltarse este episodio. Por suerte para ellos, la belleza no puede rondar la muerte.

Foto: weheartit.com

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