El eslabón perdido (y encontrado)

collar-punk

Érase una vez, en la convulsa década de los ’70, una chica sencilla que dedicaba sus días a ayudar a sus padres en el comercio familiar. Su abuelo era sastre, su abuela, una modistilla y su padre había fundado una casa de modas que guiaba su madre con mano de hierro y aguja en ristre. Tanta maestría, tanta maestría… ¡Qué difícil es ser inútil en una familia de superdotados!

Sin embargo, los días pasaban y la paciencia de sus padres se agotaba. Manos de mantequilla, la llamaban. Hasta el dedal le resbalaba. Las calidades de las telas le eran ajenas, las indicaciones de los patrones la mareaban. Podía leer la frustración en la mirada de los que la rodeaban. A escondidas hablaban de su falta de aptitudes, “mira que es negada”…

Hasta que un día encontró su propio camino. Un retal de tartán y un trozo de gruesa cadena más tarde, nacía el embrión de un imperio en forma de collar deshilachado. Sin saberlo, Ninien EastWood acababa de poner la primera piedra de la estética punk.

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