El arte callejero es una monada

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A pesar de lo que nuestras abuelas puedan considerar, el street art es mucho más que unos cuantos garabatos en el callejón de turno. La dedicación de algunos de los artistas es a menudo comparable con la de pintores ortodoxos. Contrastes, sombras, juegos de perspectiva, códigos narrativos, etc. se esconden en pintadas callejeras al igual que en los cuadros exhibidos en cualquier galería.

Para muestra, un botón. El graffiti anterior es un buen ejemplo de meta-discurso. El arte nos habla de él mismo, en un tono profundamente crítico. Monos, simios imitadores de poses y gustos, vagamos por salas de museos como peregrinos sin rumbo, fagocitando información técnica que pervierte nuestra propia lectura de las representaciones. Hipnotizados por cuadros y más cuadros que consumimos con avidez (como si de ello dependiera nuestro status cultural) nos dejamos arrastrar a un torbellino de visiones solapadas que desbordan nuestra sed de arte. El exceso, como el defecto, puede ser perjudicial para nuestra salud mental. Los museos –al igual que el chocolate o los perfumes-, mejor en pequeñas dosis.

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