¡No sin mi corona!

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Ser una reina hoy en día cotiza a la baja. Las niñas ya no sueñan con ser princesas y, por ende, han dejado de fantasear con llegar al trono y encasquetarse la corona de turno. Para ser una mujer real no es necesario haber crecido entre algodones. ¡Qué mayor realeza que la de todas esas reinas de su casa, las reinas del pueblo, de la noche, reinas moras o reinonas! Ni la Reina de Saba ni la mismísima Reina de Inglaterra podrían con ellas en un duelo singular.

La sangre azul se vuelve, paradójicamente, rojísima en los mundanos análisis de sangre. No hay mejor nobleza hereditaria que la inculcada a golpe de tirón de orejas y refranero. Y la corona de oro y piedras preciosas es una pesada losa para quien ve en ella un salvoconducto financiero.

Diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros y demás pedruscos declinados en múltiples formas y tamaños amenazan con despertar un complejo de urraca en quienes los atesoran. Brillo, brillo y más brillo. Bling bling de altura.

Foto: weheartit.com

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