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La Historia es cíclica. A períodos de florecimiento y expansión les sobrevienen fases de recesión y oscurantismo. Como muy bien dijese Anna Gavalda en su Ensemble, c’est tout; a veces la progresión requiere una catarsis. Tocar fondo para tomar impulso y salir a flote. Luchar contra el pasado nos ayuda en ocasiones a dibujar un futuro más osado, precisamente debido a la radical necesidad de diferenciarse. Bourdieu dixit.  Y todo ello a pesar de que el abismo que se abre ante nuestros pies al hacerlo amenace nuestra zona de confort.

Hace menos de dos siglos nuestros antepasados –o los de los brits, tampoco queramos colgarnos medallas- se dedicaban a boicotear la emergente industrialización. “Artilugios del Demonio”, llamaban a las máquinas. Y las exorcizaban a golpe de marra. Pensaban que el maquinismo mataría al trabajo manual, que arruinaría las estructuras mentales que tantos siglos de gremios y burguesía habían consolidado. ¡No a los telares mecánicos! ¡No a los trenes! Lo que hoy puede parecernos necedad era, en realidad, miedo. El más natural de los instintos humanos.

Pero no seamos condescendientes y guardémonos la media sonrisa que asoma a nuestros labios porque, lejos de haber aprendido la lección, nos empeñamos en trabucarnos. Véase el agrio debate en torno al papel de las nuevas tecnologías en la literatura. Kindle, portátil y smartphone son la Trinidad de la comunicación contemporánea. Eficiencia, inmediatez, volatilidad. La máquina de escribir ya no existe. Sufrimos el síndrome del ratón mientras nuestros oídos descansan de sus ametralladoras teclas. Las pilas de borradores están ahora convenientemente almacenadas en la memoria RAM  de nuestro Mac. Y, por si eso fuera poco, llevamos hasta 1.400 libros en un artilugio del tamaño de una cartera. La literatura se ha amoldado a nuestras necesidades, reales o creadas.

Pero el papel… ¡ay!, el papel. El olor, la textura y la estimulante cualidad de su peso específico entre nuestros dedos son irremplazables. La asepsia de la tableta no podrá nunca igualar el valor que como icono cultural tiene el libro en formato clásico. Tampoco debería pretender hacerlo. El progreso no solo es destrucción, sino suma, diversidad, alternativa, riqueza. Hagámosle un hueco sin dar un giro hacia la iconoclastia.

P.D.: Si fuera fetichista, coleccionaría máquinas de escribir. Como no lo soy, me quedo con las ganas. ¿O acaso eso me convierte en una fetichista reprimida?

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