Los diamantes son los mejores amigos…

Pendientes de bisutería customizados

de l@s aficionad@s al DIY. Qué Marilyn ni qué ocho cuartos. O, mejor dicho, dejémoselos a aquéll@s que, como ella, defienden que no hay apuesta más segura en el mercado de bienes perecederos del amor que un buen pedrusco como muestra de estatus. Hace cincuenta años, cuando nuestro estado de Facebook o Whatsapp todavía no había acudido a nuestro rescate para demostrarle al mundo lo felizmente ennoviad@s, comprometid@s, casad@s o amancebad@s que se encontraban, nuestros abueletes ricos fardaban en sociedad a golpe de diamante. “Luce, Carmela, enseña la talla que te he comprado por el aniversario”. Y allí estaba la buena mujer –o mala pécora, dependiendo del cristal con que se mirase- estirando con fingido pudor el dedo anular derecho para deslumbrar con su anillo. “Nada, es solo una cosita de nada. De diario, más bien”. Mátame, camión. No quiero ni imaginarme el juego que las viejas glorias podrían dar si lo de las nuevas tecnologías no les cogiera tan a contramano. No habría selfie, braggie ni demás ordinarieces especialmente concebidas para el autobombo que se les resistiese.

Porque no queremos acabar como el Gran Gatsby y porque no está el horno para bollos ni derroches bobos, nada mejor que recurrir a la bisutería barata para dar el pego. Si te gusta el bling bling, rebusca en el joyero familiar hasta dar con un par de pendientes o algún anillo de esos que en los ’90 estaban tan de moda. Los distinguirás a las leguas: falso diamante, falsa moldura de oro, auténtico cierre de clip con función tortura-orejas y más auténtico todavía óxido. ¿Por qué te crees que tu madre dejó de ponerse todo eso hace diez años? ¿Solo porque ya no se lleva? No te engañes, que tu madre no es una egoblogger. ¡Anda que iba a importarle a ella que su bisutería estuviese out si no fuera por lo feo que hace llevar las orejas en lardo vivo!

Una vez hayas localizado las piezas, ve a tu tocador y elige la pintura de uñas que más te guste. Llamativa, a poder ser. Con ella vas a devolverle el esplendor perdido a los pedruscos de mamá. Barniz aquí, barniz allá y míralos, míralos: ¡unos pendientes kitsch sin gastarte ni un duro!

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