Glamour velado, secreto desvelado

Explicación pseudocientífica sobre el velo

Cualquier costumbre, por muy trivial que nos resulte o por muy consolidada que esté en nuestra sociedad, tiene una explicación de naturaleza antropológica. Las novias empezaron a lucir velo en el siglo XV, después de la epidemia de peste que asoló Europa. Los estragos de la enfermedad hicieron que las sabias madres intentaran buscar el mejor modo de hacer que sus hijas pareciesen más apetecibles en el altar. Por eso, decidieron cubrirles la cara con un tupido velo. Borraban así momentáneamente las marcas de bubas y pústulas en las pobres supervivientes. Con el paso del tiempo, la Iglesia dio el espaldarazo definitivo a este hábito haciéndolo pasar por un ritual de pureza más. El velo -al retirarse- simbolizaría el paso de la virgen a la mujer madura.

Cinco siglos habrían de pasar hasta que el estatus alcanzado por esta pieza de estratégico origen sufriese cambio alguno. Generaciones y generaciones femeninas pronunciaron sus votos o (di)simularon su pesar cubriéndose con ella. Negro o blanco, de gasa, tul o encaje; el velo fue prisión y liberación por igual. Y poco a poco, a medida que la secularización de la sociedad daba tímidos pasos, comenzó también su particular proceso evolutivo. Como si de un vector directamente proporcional a la carga ritual contenida se tratase, el velo fue acortándose. Del mismo modo que su antediluviana misión cosmética fue desbancada por la reinterpretación que de ella hizo la Iglesia, el avance del laicismo y la liberación sexual hicieron que el velo como símbolo de la virginidad fuese diluyéndose. Si el blanco inmaculado, impoluto, deslumbrante e incuestionable ha sido desbancado por tonos que lo matizan y enriquecen su acabado; el velo ha madurado dando lugar a formas heterodoxas que satisfacen los gustos más insospechados. Su misión tradicional ha dado paso a una interpretación mucho más terrenal y materialista. Usarlo o no usarlo. He ahí la cuestión. Hoy forma parte de la parafernalia nupcial al igual que la liga, los zapatos o el propio vestido de la novia. Habla de la personalidad de quien lo lleva. Sin más. Ningún futuro marido buscará en él una garantía de la pureza de su prometida. Probablemente ninguna futura esposa lo luciría si así fuese. La mujer del siglo XXI no es ya un mero elemento decorativo-reproductivo. Es un ser humano.

Foto: weheartit.com

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