¡Pelo Pumuki al rescate!

El pelo eléctrico de Einstein y otras celebridades

No solo nunca llueve a gusto de todos, sino que tenemos la extraña tendencia a quedarnos bajo la lluvia y dejar que nos cale hasta los huesos. Metafóricamente hablando, claro. Y es que nosotros mismitos nos buscamos los chaparrones. ¿Por qué aborrecemos en nosotros lo que más tarde habremos de envidiar públicamente en los otros? Bendita costumbre ésa de –por falta de autoestima o por falsa modestia- idealizar las características ajenas y despreciar las propias. Los egos superlativos están protegidos de tal triste tentación, no me malinterpretéis. Pero los de tamaño familiar… suelen flaquear cuando se enfrentar a odiosas comparaciones auto-infligidas.

El campo de la estética es prolífico en ellas. Que si la altura, que si el peso, que si las medidas o las tallas, que si la forma de las uñas de los pies o la simetría de los ojos; parece que todo es evaluable. Y el pelo, ¡ay, el pelo!, eso sí que es un mundo aparte. Imaginemos una conversación entre una persona con una melena rizada y otra con un corte “bob” clásico:

–          “Me encanta tu pelo, con tanto volumen. Es precioso.”

–          “Qué dices, tú sí que lo tienes bonito, tan liso y manejable.”

–          “Pues no te creas, me parece un poco aburrido. A veces me gustaría rizármelo y darle un poco más de vida, pero seguro que el de peluquería se ve artificial y al final ni me gusta.”

–          “No sé, yo es que estoy pensando en hacerme un alisado japonés.”

–          “Ay, no, que te vas a estropear el rizo.”

–          “¡Qué va! Si no creo que se me vaya ni con agua hirviendo…”

Y así podrían seguir estas dos cotorras durante al menos una media hora más, diseccionando la anatomía de cada fibra de pelo y echando tierra sobre el propio peinado. Ahora bien, tampoco vayamos a generalizar y concluir que vivimos rodead@s de insatisfech@s crónic@s. Que much@s defienden –y vaya si lo hacen- melenones de todo tipo con una sonrisa de Gato de Cheshire. Ese Albert Einstein enunciando la Teoría de la relatividad con toda la electricidad estática del planeta flotando sobre su frente, ese Eduardo Punset de sienes onduladas cual koala filósofo, ese otro Eduardo –esta vez Manostijeras- con un estrafalario cardado descontrolado… Todos ellos ejemplifican la libertad capilar, la energía a borbotones, la nonchalance de la naturalidad más absoluta.

Yo soy así, ¿por qué habría de querer ser otr@? Como mucho, me gustaría ser Pumuki.

Foto: weheartit.com

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