Pelo de jengibre

Muñeca de esparto

Pelo de jengibre es bonita. A su manera. A los chicos de su escuela no les gusta porque la ven rara, con esa mata roja como la sangre ondeando al caminar. A ella, sin embargo, le parece absurdo el pelo negro. Como de cuervo, le dice siempre a su madre cuando la peina. “Que yo no quiero ser así, que ese pelo es muy feo”. Y si madre sonríe feliz porque su niña no ha heredado sus traumas. Qué difícil fue para ella crecer siendo la oveja negra. Roja.

Lo único que le da rabia a Pelo de jengibre es que el niño que le gusta sea moreno como el cacao puro. No pegan, no. Cada vez que lo mira de reojo en el patio no puede evitar una mueca de disgusto. Ella es pálida como la leche de soja. Él tiene la piel dorada.

Su madre le ha dicho que eso no importa, que la gente no se mide por la fachada. Que qué más dará si es moreno, azabache, azulón o rojigualdo.  “No, mamá, que no, que te digo que no encajamos”.  Pero no llora por ser diferente ni porque le llamen zanahoria por lo bajo. Ha leído por ahí que hace cientos de años a los que eran como ella se les consideraba seres mágicos.

Pelo de jengibre es un talismán, una muñequita linda, un tesoro en tu bolso o en tu bolsillo. Llévatela contigo allá donde vayas, pero no la pierdas. Ella no lo haría.

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