La insoportable levedad de la montera

La montera torera como inspiración

Cuando cierro los ojos todavía la veo. Sangre sobre la arena, el tendido enmudecido. Un sol de justicia nos rendía homenaje. O quizás era ésa la señal de que la tragedia no podía tardar. La luz irreal, la alegría de la gente, los pases largos con el deleite de quien se sabe maestro.

Se puso el mundo por montera y yo, montera de lujo, no fui quien de alejar de él el peligro. En la barrera lo noté inquieto, sin embargo. Algo no había ido bien en la capilla. Quizá una estampa que se había caído o una palabra que se le había resistido en la plegaria habitual.

Era un buen toro aquél, bravo y ágil. Como a él le gustaban.

Sentía la tensión de su mandíbula con cada pase, con cada capotazo. Era el rey de la manoletina y en ella se recreaba. Un rumor invadía la plaza: “que le den las dos orejas, que pidan también el rabo”. Sus seguidores auguraban una nueva salida a hombros, un triunfo apoteósico. La gloria definitiva para el muchacho.

Hasta que una nube cubrió al sol.

Un segundo. Un instante.

Cuando cierro los ojos todavía la huelo. Densa, salada.

Se puso el mundo por montera y yo, montera de lujo, no supe protegerle.

Adiós, maestro.

Foto: flickr.com

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