“Estoy hasta el moño”, dijo la geisha

Reflexiones sobre la vida de las geishas decimonónicas

Aquélla fue la primera y única vez que la oí lamentarse. Echa un ovillo en una esquina de la habitación, cerraba los ojos con fuerza para impedir que las lágrimas salieran a borbotones. Era orgullosa, mucho más de lo que a su okaasan le hubiera gustado, por mucho que en sus 10 años en la okiya hubiese aprendido a esconderlo. Sumisión, renuncia y servicio eran los ejes de su existencia.

Ahora, sin embargo, no podía evitar temblar de rabia.

Los últimos rayos de sol dibujaban su silueta en la penumbra.

¿Cómo se atrevía a ofenderla de aquel modo? ¿Cómo había podido ser tan ridícula para creer que su amplia sonrisa no ocultaba nada?

Una geisha ha de vivir en su mundo de flores y sauces, sin dar más importancia a lo que acontezca a su alrededor. Su curiosidad, la nostalgia de sus orígenes y la tristeza por la muerte de su danna le habían hecho flaquear. Ahora pagaría el precio.

Su pasado ya no existía.

Cómo se atrevía, cómo se atrevía, cómo se atrevía…

Los fantasmas habían vuelto. El dolor supuraba de una cicatriz abierta.

 

Foto: wehearit.com

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