Pañuelo de seda, corona de diva

Cómo ser una diva sin morir en el intento

Una diva no nace, se hace. No hay nada en sus genes que la predetermine a desenvolverse con la gracia de delicadas mariposas, volátil en sus gestos cuando no también en sus actitudes.

Su mirada destila orgullosa dignidad. Y mucha libertad. Una diva está libre del férreo marcaje que la realidad impone. No conoce el hambre ni la dificultad. Quizás su reino tampoco sea de este mundo.

En su discurso, el “yo” siempre es el sujeto omitido, elíptico, latente en su discurso. El “nosotros” no ha lugar. La tercera persona es refleja. Todo pasa por ella, todo requiere su bendición apostólica. Ella no sueña, sino que vive en un sueño eterno. La suya es la dolce vita.

Criada o no entre algodones, ha aprendido el camino para que solo la seda bese su piel. Y no hay mejor sedante para su ansia de gloria infinita que cubrir sus cabellos con un pañuelo. Tan sencillo como complemento que no hace sino subrayar la condición de diosa de quien lo porta. Seda cayendo sobre sus hombros, peinando su frente despejada, flotando sobre su pelo y acompañándola al caminar.

Una diva, simplemente, es un holograma. Es una fantasía, un oasis bizarro en un mundo que poco o nada tiene que ver con ella. Es una actriz que ha llevado demasiado lejos su papel.

Bájate del escenario. Ya han corrido el telón.

Hora de volver a tocar el suelo. Se ha acabado tu función.

Foto: wehearit.com

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