El botones Mandarino y su sombrero de circo

Historia de un sombrero ambivalente

Un hotel es un microcosmos cultivado en el laboratorio experimental de la convivencia con fecha de caducidad. En él se dan a pequeña escala algunas de las especies más extendidas en nuestra sociedad, concentradas, artificialmente puestas en contacto, en un equilibrio temporal que nace de una jerarquía inquebrantable. Ric@s y menos ric@s, sobrios o derrochadores, tacañ@s o generos@s, humildes o potentad@s, con poder o ávidos de empoderamiento; sus huéspedes se reúnen, se cruzan, se evitan o se ignoran en los confines del laberinto que son sus pasillos.

Y entre ellos sobresale Mandarino, el botones más aséptico que yo haya visto. Qué inexplicable paradoja. Todo en él destila mediocridad, vulgaridad. Su rostro exuda normalidad; su ropa, un simple uniforme negro.

¿Qué lo hace diferente, pues?

Mandarino tiene un sombrero que no combina con su traje. Es un casquete rojo, con una orla negra. Y una fina línea dorada en torno a un amago de visera. La gorra de un domador de fieras. La gorra de su padre, que en paz descanse.

Lo luce con orgullo. El de quien no teniendo nada, guarda su dignidad intacta. Él no es un botones. Es, simplemente, Mandarino.

Tan gris, tan sencillo, que su sombrero de circo deslumbra como un faro en la niebla.

Foto: weheartit.com

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