Ahueca, muñeca

El pelo como estigma

[Suena música en un viejo radiocasete. Ana Torroja se pregunta qué beso es el más adecuado en un 7 de septiembre.]

 

– No me gusto, así no voy bien.

– Venga, Bárbara, que estás de vicio. Deja de obsesionarte con el pelo.

– Porque tú lo tienes como un león, reina. Vaya herencia la que me dejó mi madre. Ya podía habérsela metido por el culo. Total, para lo que he sacado de ella.

– ¿Puedes dejar ya el temita? Tengamos la fiesta en paz.

– Está bien donde está. Así se la coman los gusanos.

-¡Qué burra te pones! Además sabes que no me gusta cuando dices cosas repugnantes. Lo feo me hace mal.

 

[Bárbara se acicala la melena una vez más. “Mujer contra mujer” suena de fondo. La luz de la farola refleja en el cristal y aleja la oscuridad incipiente. El drama está servido.]

 

Odiaba su pelo. Lo detestaba porque era pelo de hombre, no de mujer. Tan pobre, tan fino, tan vulgar. Sus facciones suaves, casi dulces, eran de Bárbara. El pelo seguiría siendo siempre de Daniel. Su madre se lo había hecho notar decenas de veces hasta que decidió dejar de escucharla y enterrarla en vida.

Pepi era su mejor amiga, su consuelo. Había sido su enfermera y ahora era, simplemente, su ángel de la guarda. Como estilista, eso sí, no tenía ningún futuro.

 

– Mañana voy y me compro una peluca. Por éstas que lo hago.

 

[La cinta cruje en el radiocasete. La cara A ha terminado.]

Foto: weheartit.com

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