“Eran uno, dos y tres…”

Los animales y sus asociaciones

Noé no solo fue el MacGyver de la Antigüedad, construyendo un arca de dimensiones titánicas en menos de lo que canta un gallo, sino también un claro precursor de l@s terapeutas de pareja. Porque hay que tener mucha mano izquierda y dotes de diplomático para reunir a cientos de especies en grupúsculos de a dos y no perecer en el intento. Entre celos fisiológicos y emocionales, cruces de miradas y de razas, incompatibilidades y diferencias irreconciliables, una estancia de cuarenta días con sus cuarenta noches se presentaba harto difícil. Esa cebra macho que mira con recelo al mulo que ronea –y cómo ronea- detrás de la cebra hembra para que lo vea. O esa serpiente a la que le tiembla el cascabel nada más que con acercarse a la pitón macho que descansa perezosa al fondo de la bodega.

Pero Noé no estaba solo, evidentemente. Qué sería de este canto a la dualidad, al equilibrio, al ni contigo ni sin ti, si su director de orquestra no tuviese pareja de baile. Y aunque nadie se ha preocupado de que quede constancia de su nombre, corre el rumor de que fue una tal Naamah quien le echó una mano con la crisis del Diluvio.

Codo con codo, los anfitriones del Arca se aseguraron de que el orden reinara entre las especies. Masters y Johnson en estado puro.

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