Del rapado ejemplarizante como escarnio a la mujer

Castigos a las mujeres tras la 2ª Guerra Mundial

¿Qué es una guerra? Es un enfrentamiento armado entre dos facciones contrarias.

Tendemos a asociar el conflicto con la lucha de opuestos, como si de un tablero de damas se tratase. A frente a  B, legítimo contra usurpador, bueno contra malo, nacional contra forastero. Sin embargo, tales simplificaciones rara vez resultan válidas. El maniqueísmo solo funciona en términos propagandísticos. Porque, admitámoslo, no existe un único detonante de una guerra, por mucho que sí puedan aislarse determinados acontecimiento cruciales que hayan servido para inflamar las crecientes tensiones y normalizar una solución dramática de las mismas.

El problema es que solemos olvidarnos de aquéll@s que pueblan el trasfondo histórico. Y es que entre unos y otros, se hallan atrapados los que no son de nadie. Llamémosles los grises, sin connotaciones. Es en ese tono en el que se pinta el gran drama que es la guerra.

1945. Fin de la Segunda Guerra Mundial. El Régimen de Vichy del Mariscal Pétain había caído un año antes y el país se encontraba inmerso en una honda catarsis. Las depuraciones a todos los niveles se sucedían. La caza a los llamados “colaboracionistas” había dado el pistoletazo de salida. Entre ellos, decenas de mujeres. Señaladas con el dedo, fueron paseadas por pueblos y ciudades, expuestas en las plazas para su humillación pública. Puede que algunas hubiesen contribuido de forma voluntaria, consciente y alevosa, al avance de las fuerzas del Reich en territorio francés. Puede que comulgasen con los ideales de “Trabajo, Familia, Patria” y que de algún modo albergasen rencores contra determinados colectivos perseguidos durante la Ocupación. Sin embargo, cabe pensar que la mayoría de las acusadas carecía de los medios o de la iniciativa para involucrarse en ningún tipo de operación pro-nazi.

El drama de muchas mujeres acusadas de colaboración enraíza en algo tan primario como la voluntad de supervivencia. Solas, indefensas, eligieron la sumisión frente a la rebelión. Cohabitaron pacíficamente con el enemigo y respondieron diligentemente a sus demandas. Porque, lejos del frente, los alemanes –como los franceses- seguían siendo hombres, con sus virtudes y sus defectos. Y, en situaciones límite, la compasión, la soledad, la solidaridad, la pena y la caridad no dejan de ser sentimientos universales. Amar o desear al enemigo de seguro fue bastante castigo para quienes vieron morir a los suyos.

En 1945, una mujer con el pelo rapado no era una bohemia original. Era una ramera. Su historia se escribió en una breve nota a pie de página de la gran memoria de la guerra en Occidente.

Foto: weheartit.com

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