La mujer de las ondas al agua

Historia de una mujer anodina con un gran peinado

Al bajar las escaleras de aquel bar de mala muerte, Fermín Navarro se encontró en un lugar muy distinto al que se había imaginado. La Corrala de Paco era cualquier cosa menos un antro vulgar. Unas cuantas mesas de mármol se arremolinaban en una esquina, con vistas privilegiadas a la pequeña tarima que hacía las veces de escenario. Sobre las tablas, una cupletera se paseaba dando golpes de cola a diestro y siniestro. Las candilejas hacían brillar sus labios, tensos en aquel ritual de preparación para la larga noche que tenía por delante.

No necesitaba trabajar la voz; ni tan siquiera calentarla. Cantaba como respiraba, con la misma naturalidad, y lo hacía desde lo más hondo de su ser. Desde las tripas, que decía el padrino Pepe.

“Ay, Virgencita, que vaya hoy bien la cosa, por la gloria de mi madre que en el Cielo esté”. Y así se persignaba mientras daba un último giro a la cola del vestido antes de desaparecer tras las cortinas adamascadas.

Procurando no hacerse notar, Fermín ocupó una mesa al fondo de la sala. La gente no tardaría en llegar y no quería perderse ni el más mínimo detalle. La mujer de las ondas al agua poco o nada tenía ya que ver con la Dolores que había conocido. Tres años y toda una vida los habían separado. Ahora él había vuelto y nada ni nadie iban a apartarle de su destino. A no ser que el General se encaprichase de nuevo…

Foto: weheartit.com

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