Pompón y el sombrero mágico

De cómo una boina se convirtió en la mejor herencia

Cuando tenía cuatro años, Angélica recibió una boina de color marsala con un bonito pompón de pelo marrón. Acostumbrada como estaba a sus muñecas y sus cuentos, al principio no supo muy bien qué se esperaba que hiciese con aquel regalo. No sabía ningún juego con boina. Pero como la niña educada que era, sonrió y dio las gracias. Besó a sus padres y subió a su habitación a guardarla en el cajón de los calcetines y las medias.

Tres días más tarde, papá y mamá murieron cuando conducían de vuelta a casa tras una fiesta. La abuela me lo dijo muy bajito, casi como excusándose, como si susurrarlo fuese a hacerlo menos verdad. Yo no entendía muy bien qué quería decir, solo que ahora ya no éramos los tres, sino una. Recuerdo tener frío, a pesar de que era casi mayo y los campos estaban rebosantes de flores. En un arrebato poco común en mí, dejé a la abuela con la palabra en la boca y corrí a mi cuarto. La boina, la boina. Me la calé sin tan siquiera mirarme al espejo y volví al salón. “Perdona, abuela, tengo que abrigarme”.

Aquel sombrerito se convirtió en el osito de peluche que nunca había querido para dormir, en la mantita de bebé a la que nunca se había aferrado. Con su boina y el gesto ausente, Angélica transitó por una infancia relativamente feliz y tranquila. La llamaban Pompón. Pompón bonita para su abuela. Y a pesar de las modas y los años, jamás se deshizo de su boina mágica.

Foto: weheartit.com

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