El payaso que vendió el alma al Diablo por un sombrero de arlequín

Los sombreros, imprescindible en la indumentaria del payaso

En la feria de Todos los Santos, allá en los bosques donde la nieve llega antes de que las golondrinas huelan el frío, me encontré yo con una charlatana. Quiso venderme hierbas para el amor, remedios para el desencanto, unos polvos para el mal de ojo y hasta un amuleto contra sus propios conjuros. Yo, que no creo más que en lo que yo tengo a bien creer, sonreí por educación y me dispuse a seguir con mi caminata. No, gracias. Quizás por aburrimiento o por mi aire desnortado, la mujer no se dio del todo por vencida y me siguió cuesta abajo hacia la capilla de la patrona. Y me habló de su trabajo, de las cartas que echaba y de leer la mano. Cuando vio mis cejas arquearse, se apresuró a defenderse de una acusación nunca formulada. Por si acaso. Que ella no era ninguna farsante. Ella sentía.

Charlamos. Charló. Hizo que me sintiera cómoda y sus historias empezaron a interesarme. Si hubiese podido cerrar los ojos sin ofenderla, habría jurado estar en un cuento de los Grimm.

¿Has oído hablar de lo que le pasó a un hombre de por aquí? Era un comediante, de esos que se dicen payasos. No le gustaba la tierra ni era listo para los números, así que se marchó a recorrer los pueblos entreteniendo a la gente que encontraba. Con unas naranjas que le había sisado al padre y unos retales, hacía malabares y piruetas. Pero no parecía un payaso. No como los que se veían en los carteles en la capital. En la taberna en la que había conseguido cama le decían que le hacía falta un traje de colores y, sobre todo, un sombrero. Aunque con lo poco que juntaba, ¿cómo iba a poder pagarlos? Cada noche rumiaba sus preocupaciones frente al espejo. Miraba su reflejo y maldecía la hora en que había dejado su casa. “Ay, qué no daría yo por la ropa de un payaso. ¡Mi alma por un sombrero!”

Y de tanto repetirlo, vino el Diablo con un trato. Claro está, el comediante tuvo su gorro de arlequín. Pero sin alma, quedó reducido a una marioneta de teatrillo en manos de quien quisiese mover sus hilos.

Foto: weheartit.com

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