Carta de un enamorado póstumo

Marylin Monroe, la rubia de sus sueños

Querida Marilyn:

Ayer volví a repasar tus fotos. Lo sé, sé que no debería haberlo hecho. Aun así, no pude evitarlo. Te echo tanto de menos… Y mientras te escribo imagino tu ceja reprobadora y divertida, que me hacía sentir como un bobo cada vez que mirabas en mi dirección.

Nunca fuiste del todo mía, por mucho que fantasease con vivir en una burbuja en la que solo existiésemos tú y yo. Marilyn. Oh, Marilyn. El final llegó demasiado pronto para nosotros, para ti.

A veces no tengo más que cerrar los ojos para que tú acudas rauda a la cita con mi memoria. Estás dentro de mí. Vives en mis pensamientos más absurdos, en lo cotidiano y lo extraordinario. Si todavía me quedase algo de fe, no me costaría creer que fuiste -perdón, eres- una criatura celestial. Sé que de algún modo velas por mí estés donde estés.

Pero soy egoísta y nada de eso me es suficiente. Querría acariciar las estudiadas ondas de tu pelo, aprender a descifrar el lenguaje de tus ojos sorprendidos, hacerte entender que tu pelo anaranjado nada tiene de malo. Porque en ti no existen las imperfecciones, Marilyn.

Déjame que te jure amor eterno, a ti que perteneces ya a la eternidad más absoluta.

Siempre tuyo,

Filo Cine

Foto: weheartit.com

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