El cuento de la mona y la gallina

Cuento inspirado en un graffiti de Brick Lane

Cuentan que hubo una vez una gallina que estaba tan aburrida de poner huevos que decidió buscarse otra profesión. Habló con sus vecinas de corral, pero no supieron ayudarle. Estaban demasiado ocupadas poniendo huevos. Preguntó entonces a los patos de la granja y, como estaban muy atareados buscándose una nueva charca, no le hicieron caso. Quizás el burro podría ayudarle, pensó. Al fin y al cabo, iba día sí día también al pueblo con los amos. Seguro que en sus viajes había visto y oído muchas cosas.

Se acercó al establo y esperó a que volviese de arar los campos. Y tanto esperó que se quedó dormida y, cuando abrió los ojos, el sol ya estaba en lo alto y el burro se había marchado de nuevo a trabajar. Desesperada, decidió que lo mejor sería coger el hatillo y ver adónde la llevaba el camino. No sabía cuál era el Norte ni el Sur, así que simplemente eligió la dirección en la que se veían más campos con flores. ¡Cuánto habría dado por tener una brújula!

Al caer la tarde, oyó voces a lo lejos, en un prado cerca del río. Como era curiosa por naturaleza, aceleró el paso para ver de qué se trataba. ¡Y menuda fiesta se encontró! Hombres y mujeres de todas las edades bailaban alrededor del fuego, con una enorme carpa de colores guardándoles las espaldas. Junto a ella, sus carromatos y las jaulas de los animales. Desde fieros leones de la selva a un elefante viejo, todos parecían disfrutar del espectáculo nocturno. La gallina pensó en acercarse sigilosamente para poder observarlos más de cerca. Rodeó al grupo sin que la vieran y cuando estaba a punto de llegar a su altura… ¡zas! Algo (o alguien) dio un brinco ante ella. “¡Hola!, tú, soy Mona”. Mmm. ¿Mona había dicho? ¿De dónde había salido aquella criatura saltarina? Jamás había visto nada igual. “Hola, Mona, yo soy Gallina y busco un trabajo que no sea poner huevos”. La mona dudó un instante, se rascó la cabeza y reconoció con aire serio: “Mira, Gallina, no es tan fácil. Tu naturaleza es hacerlo”. Pero ante la mueca compungida de ésta, se apresuró a proponerle un trato. ¿Por qué no se unía al circo? De ese modo podría enseñarle algún número divertido para hacer juntas, algo para lo que no hiciesen falta manos, claro. La gallina solo tenía alas. Y que tampoco necesitase de unos pies ágiles, pues los suyos eran huesudas patas.

“¿Qué te parece si me llevas al caballito y vas haciendo piruetas conmigo a lomos? ¿O si hago malabares contigo? ¿Y juegos de equilibrio en la cuerda floja?”

Y cuantas más ideas tenía la mona, menos convencida estaba la gallina. Por favor, ayúdale a buscar un trabajo. Imagina lo cansado que debe de ser poner huevos todos los días.

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