Historias de piojos y liendres

Combatiendo los piojos infantiles

La primera vez que me picó tanto la cabeza que me habría gustado arrancarme el pelo no me asusté. Pensé que era como cuando tocaba sin querer las ortigas del huerto y la piel se me ponía roja roja como un tomate. Estuve rascándome un par de días hasta que decidí contárselo a mamá. Estaba harto. Además, albergaba la secreta esperanza de que ella tuviese una solución. Siempre la tenía.

Puede que por intuición o porque tenía algún súper poder desconocido para mí, hizo un diagnóstico de la situación nada más mirarme las puntas del pelo. “Piojos, tú lo que tienes son pio-jos. ¿Quién me mandaría dejar que te peines solo por las mañanas? Si es que tendría que haberme dado cuenta…”, murmuró más para sí que para mí.

Y en menos que canta un gallo, había montado todo un operativo de emergencia. Antes de nada probaríamos con vinagre. “¡Puag!”, pensé, pero me guardé muy mucho de manifestar mi reservas en voz alta. A mí me gustaba el vinagre en la ensalada, claro, así que no entendía qué podía hacer para acabar con el picor. ¿O tendría también piojos la lechuga? Un buen rato a remojo y otro tanto con una toalla en la cabeza para mayor seguridad y mamá fue a por el peine de papá (nosotros éramos más de cepillo).

Al día siguiente el picor había pasado. Adiós a los condenados piojos.

Foto: weheartit.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s