El señor Juan y la peluca de Carrillo

La peluca de Carrillo fue tema recurrente en la Transición

Fue el primer comunista de carné que conocimos, en un tiempo en que serlo era motivo suficiente para que los guardias te sacasen a un paseo del que no habías de regresar jamás. Pero el inconsciente del señor Juan se golpeaba el pecho con la mano mientras hablaba mirándonos a los ojos con sus cejas desorbitadas y repetía que él era del Partido, que siempre lo había sido y que ningún señoritingo iba a hacerle cambiar de parecer. La vehemencia de sus palabras nos maravillaba, inocentes criaturas, aunque a nuestros padres les hacía sentir más bien incómodos.

“¡A quién se le ocurre hablar de esa manera!”, decían por lo bajo, como tratando de exorcizar el miedo a lo que pudiera pasar si alguien llegase a escuchar al señor Juan.

Para nosotros, que no habíamos oído hablar del comunismo más que en susurros y sentíamos gran curiosidad por aquell@s enemig@s de la Patria y sus alianzas judeo-masónicas, acudíamos como moscas a su casa. Soñábamos con que algún día nos enseñase el dichoso carné. ¿Habría conocido a Carrillo y La Pasionaria?

Pasado el tiempo, supe que el señor Juan no era más que un comunista de boquilla, un hombre un tanto excéntrico y sin una idea clara de la política que se había autoproclamado fiel a los rojos después de ser testigo de cómo se las gastaban los nacionales en el pueblo. Si aquéll@s eran los que habían de salvar España, ya podía venir el Señor y llévarselos a todos.

Lo que nunca perdió fue su simpatía por Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri. Y la noche que vio por televisión su entrada en el Congreso no pudo evitar emocionarse como un niño.

Cuando María Rosa se casó con Carlos el del Ministerio, el señor Juan viajó a Madrid para ejercer de padrino. Lo sacaron a visitar la ciudad y pararon en el Rastro a echar un vistazo. Quién iba a decirle que, en un puesto del tamaño de una caja de zapatos, en la esquina de una calle, había de encontrar una recompensa con la que nunca había soñado: una peluca de Carrillo. Uno de esos artistas modernos la había montado sobre un pie de lámpara y estaba a la venta por 300 pesetas. Puede que no fuese muy bien con los muebles de castaño de la casa, pero valía la pena. Ya iba siendo hora de desempolvar el carné comunista.

Foto: weheartit.com

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