pelo encrespado

El crepúsculo de una melena

Una vida resumida en peinados

Llevo tantos años en este mundo que mi memoria se nubla al intentar volver atrás. Hubo un tiempo en el que era capaz de recitar cada cambio, cada acontecimiento, cada alegría o cada pena con la precisión de un reloj suizo. Ya no. Pero supongo que es normal. Me queda el consuelo de que todavía sigo recordando lo esencial. (más…)

Anatomía de un peinado infantil

Las coletas fueron uno de los grandes caballos de batalla de nuestras madres

Aquello era todo un ritual: desayunar a toda velocidad mientras veías Oliver y Benji porque habías remoloneado en la cama demasiado, cepillarte los dientes todavía más rápido porque tampoco es que fuese tan importante y total la crema de menta no estaba tan rica como la Colgate de fresa, correr al cuarto de baño para que mamá te hiciese uno de sus peinados. (más…)

A Caperucita Roja se le encrespa el pelo

Caperucita Roja en monólogo interior libre

Ir allí ahora no sí para qué discutir debería callarme oh quisiera esfumarme y ella no me escucha yo hago lo que me manda ellos me ignoran no exagerada mamá es feliz muy feliz sonríe con la mirada eso es difícil tengo que darme prisa oscurece ya abuela ay maldita piedra qué ruido es ése ella piensa que no sé yo sé tengo quince se miran quieren estar solos soy su hija no la suya papá papá papá llévame contigo (más…)

La Gioconda y el alisado japonés

La Gioconda sigue haciendo correr ríos de tinta

Leonardo da Vinci fue un visionario. No; un vidente, no. Vi-sio-na-rio. Cartas del tarot y bolas de cristal a él. ¡Ja!

Sus cuadernos están plagados de bocetos de secciones anatómicas que todavía hoy podrían sacarle los colores a Johannes Sobotta y su mamotreto para futur@s médic@s. ¿Y qué decir de sus prototipos de máquinas de vuelo y… de guerra? Su mente ideó artilugios que necesitaron más de trescientos años de desarrollo técnico y humano para hacerse realidad. (más…)

¡Pelo Pumuki al rescate!

El pelo eléctrico de Einstein y otras celebridades

No solo nunca llueve a gusto de todos, sino que tenemos la extraña tendencia a quedarnos bajo la lluvia y dejar que nos cale hasta los huesos. Metafóricamente hablando, claro. Y es que nosotros mismitos nos buscamos los chaparrones. ¿Por qué aborrecemos en nosotros lo que más tarde habremos de envidiar públicamente en los otros? Bendita costumbre ésa de –por falta de autoestima o por falsa modestia- idealizar las características ajenas y despreciar las propias. (más…)